Letras tu revista literaria

viernes, 28 de diciembre de 2012

Bárbaros


La lentitud del magma


Pedro Luis Ibáñez Lérida*


"La muerte de cualquier hombre me disminuye porque
estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca
hagas preguntar por quien doblan las campanas:
doblan por ti".

John Donne


           
                                   No es gratuito considerar la grave ausencia, no sólo de principios, y esto sólo puede significar la debilidad del posicionamiento intransigente, que postulan los que arañan la miseria. También, y con profusión de elementos intoxicantes, la justificación sobreactuada del rigor. Resulta abrumador concebir este galimatías económico cuyos efectos, por contra, son reveladores. El rostro impersonal de las cuentas financieras se ceba en millones de personas, inmersos en un drama único, personal e intransferible. Cuantificar el dolor y el dolo que la ingenieria económica ha planificado desde grises despachos, es incuantificable. La superposición de fríos planes estratégicos ha supuesto el determinismo actual en el que nos encontramos. Y es que la realidad sangrante y putrefacta nos ahoga.

                                   En tiempos de crudeza, como éstos, es imprescindible civilizar la democracia. La constatación de otra realidad es, precisamente, el fundamento ético con el que  transforman el espíritu del poder popular, desde el interés más inconfesable. "El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo", que clamara el presidente Abraham Lincoln, hoy tiene como replica: El gobierno de los mercados, por los mercados, para los mercados y contra el pueblo. El barbarismo se ha adueñado en tal medida de las relaciones, que la tasación material no tiene parangón. La reducción de términos condensa los principales activos cívicos en equiparación presupuestaria. ¿Cómo sopesar la perversión que se está perpetrando en la cultura, salud, educación, servicios públicos, derechos laborales, dependencia, servicios sociales, cobertura de protección social...? Los bárbaros han irrumpido con el rictus enfatizado por la sevicia. La riada de "cadáveres sociales" que dejan tras su paso -desempleados, enfermos crónicos, desahuciados, pensionistas, excluidos, etc...-, no satisface su voracidad. Hablamos de gula y barbarie. Sólo esa calificación es minimamente adecuada al perfil del FMI -Fondo Monetario Internacional- y los estipendios y agasajos con los que ha celebrado la natividad. La rigurosa entidad internacional que otorga recursos financieros a los paises con dificultades económicas, se regodea desde su status al organizar una cena para sus empleados, cuyo coste fue de 380.000 euros. Este anecdatorio festivo del inflexible organismo, resulta patético y nos conduce a la siguiente reflexión: la brutalidad se ampara en la sofisticada actitud de exigir ajustes y reformas. Los ríos de ciudadanos clamando otras alternativas y reivindicando la dignidad de la persona como bien común, no logran derretir el tapón de cera.

                                   En el año 1818 se publica la novela "Frankestein o el moderno Prometeo", de Marie Shelley. Dos años antes, durante una visita a Lord Byron y tras una propuesta de éste sobre la posibilidad de crear una obra encuadrado en el género de terror, la autora concibe esta inmortal obra. Fue llevada al cine en el año 1931. El actor Boris Karloff protagonizó esta magnífica película. El rostro hierático y deforme y la figura destartalada y grotesca del monstruo que interpreta, ha permanecido en el subconsciente colectivo. Uno de los temas que trata es la moral científica a la hora de acometer ciertos experimentos que producen engendros incontrolables. Si la economía es una ciencia, imaginemos que tipo de monstruo han creado para sembrar el terror que padecemos. En la película la implantación del cerebro de un asesino condiciona, en la vuelta a la vida, su personalidad. Un perfil en el que el odio, el asesinato y el horror están presentes. La sociedad del bienestar ha sido sustituida por la del adusto y severo recorte. La conversión ideológica se nutre de este experimento en el que la liquidación de los postulados, antes aceptados, ahora son rechazados. El concepto de confianza en realidad es el de obediencia ciega. El pensamiento es atizado por la pesada maza de los  argumentos económicos. Pulveriza el más mínimo entendimiento ajeno que se disponga en otro sentido que no sea el que percute insistente, casi obsesivamente. El hostigamiento psicológico en el que se encuentra la sociedad es comparable al exilio interior de Frankestein. Allá en el molino, el último refugio, como los desahuciados de las Corralas La utopía, La ilusión y La esperanza en Sevilla, que han sido acusados por el alcalde de la ciudad de ocupaciones forzadas y violentas. Esa es la tragedia. La premeditada labor de confundir causas y consecuencias, despreciando quienes las sufren.
                       
*Pedro Luis Ibáñez Lérida, poeta, articulista, coeditor de Ediciones En Huida. Contacto: pedrolerida@gmail.com


Artículo patrocinado por LetrasTRL

 

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