Letras tu revista literaria

domingo, 28 de octubre de 2012

Violencia soterrada y beneplácito político


La lentitud del magma
Por Pedro Luis Ibáñez Lérida*
 



"La muerte de cualquier hombre me disminuye porque
estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca
hagas preguntar por quien doblan las campanas:
doblan por ti".

John Donne


           Cumplían su objetivo. Tras 600 kilómetros de marcha a pie, llegaban a la  Oranienplatz de Berlín. Hace un mes que inmigrantes y asilados en Alemania iniciaron esta protesta, que ha tenido su colofón en el barrio berlinés de Kreuzberg. Partieron desde Würzburg. El carácter ilegal de la protesta no ha menguado en el ánimo de los protagonistas. Han contado con una organización compuesta por jóvenes voluntarios solidarios que han asegurado la logística durante estos treintas días. Mientras la preocupación de las instituciones europeas se concentra en arbitrar, de forma tarda y poco eficaz, medidas para reconducir la situación económica, y el concepto de crecimiento va perdiendo enteros sobre las tesis del ajuste, esta simbólica marcha adquiere valor político y social de calibre. Es significativo y elocuente el arriesgado pronunciamiento de los inmigrantes. Se rebelan contra las condiciones de que sufren en el corazón del país que marca las directrices económicas del viejo continente. A pesar de que no pueden abandonar el distrito de asignación de la residencia de acogida, han transgredido ese límite. El peligro de la deportación no parece arredrarles. Y es que la desesperación conmina al ser humano a poner en juego el valor intrínseco de la dignidad que en él habita. El malestar profundo de la sociedad va ampliando su influjo en colectivos como el inmigrante.
                        El pecunio se erige como único consuelo, que no solución. Y así nos va. Resistiendo ante este asedio que toma cierto grado de triste sátira. El ministro de Hacienda y Administraciones Públicas  ha afirmado que los Presupuestos Generales que ha presentado el Gobierno, son de una gran carga social, superior a los presentados en legislaturas anteriores. Hemos llegado a un extremo que  ni pintiparado para comprobar que tamaña fineza sólo es posible desde el abotargamiento político y  acentuado proceso de deriva intelectual. Si volvemos la vista meses atrás, podremos comprobar la ecuanimidad entre las decisiones políticas adoptadas y la incidencia y coste social:
desmantelamiento de los servicios públicos, deterioro de la sanidad en su conjunto y quiebra del carácter universal, desprotección de la educación como vía de presente y futuro y  huelgas, manifestaciones, concentraciones, encierros, marchas, boicots, que se encaminan a la huelga general del 14 de noviembre. La tasa de paro continúa creciendo y llega hasta los 5.778.100 desempleados. Cada vez son más los jóvenes, con cualificación académica y profesional, que deciden emigrar en búsqueda de empleo. Los ancianos suplen la falta de ingresos de sus hijos en paro con su propia pensión. Incluso los albergan en su domicilio tras el desahucio o la imposibilidad de hacer frente a los impagos del alquiler o hipoteca y realizan labores de cuidado y asistencia a los nietos. El panorama no puede ser menos alentador. Los dos periodos vitales son semejantes. Estamos andando en círculos.
                        Las elecciones en Galicia y País Vasco ha confirmado la regresión de la socialdemocracia. Hecho que no es ajeno a lo que ha sucedido en el resto de Europa. El alto nivel de abstencionismo continúa teniendo una presencia más que importante en los procesos electorales. El descreimiento es generalizado por la ingente capacidad de corrupción que genera el poder político. Los referentes están desdibujados porque la gestión técnica ha sustituido a la política y, por consiguiente, la de generar expectativas e ilusiones en la sociedad. Como señalaba el poeta, escritor y dramaturgo uruguayo, Mario Benedetti, “la simple decencia ha pasado a convertirse en una utopía”. Rescatan a los bancos de su pésima actividad financiera con dinero público. Y, sin embargo, son permisivos con la vileza de éstos cuando no ponen freno a sus zafios intereses y culminan, por ejemplo, los desahucios. El nivel de presión es superlativo. A los activos inmobiliarios que mantienen bloqueados, hay que empezar a sumarles cadáveres en la cuenta de resultados. El espeluznante suicidio de una persona en Granada antes que fuera expulsado de su casa, señala con claridad que la culpabilidad no tiene por qué ser alevosa y sí violencia soterrada. Tal vez por esa razón computen la muerte de este hombre como un mal negocio ya que no saldó su deuda y salió, sin embargo, de su lista de morosos.

Pedro Luis Ibáñez Lérida, poeta, articulista, coeditor de Ediciones En Huida. Contacto: pedrolerida@gmail.com


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