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jueves, 24 de enero de 2013

Ocupando el sistema agrícola y alimentario*



Por Esther Vivas

 Se han ocupado plazas, bancos, viviendas, aulas, hospitales e incluso supermercados. Se han desobedecido leyes y prácticas injustas. Hemos reivindicando más democracia en la calle, en las instituciones, en la banca... Una marea indignada ha cuestionado y ha puesto en jaque al actual sistema económico, financiero, político... pero es necesario llevar esta indignación más allá. Y uno de los temas pendientes, entre muchos otros, es ocupar, algo tan básico, como el sistema agrícola y alimentario.

Todos nosotros comemos. Alimentarnos es fundamental para sobrevivir, pero, y aunque puede parecer lo contrario, no tenemos derecho a decidir sobre aquello que consumimos. Hoy un puñado de multinacionales de la industria agroalimentaria deciden qué, cómo y dónde se produce y qué precio se paga por aquello que comemos. Unas empresas que anteponen sus intereses empresariales a las necesidades alimentarias de las personas y que hacen negocio con algo tan imprescindible como la comida.

De aquí que en un mundo donde se produce más alimentos que en ningún otro período histórico, 870 millones de personas pasen hambre. Si no tienes dinero para pagar el precio, cada día más caro, de los alimentos ni acceso a los recursos naturales como la tierra, el agua, la semillas... no comes. Asimismo, en los últimos cien años, según la FAO, ha desaparecido un 75% de la diversidad agrícola. Se produce en función de los intereses del mercado, apostando por variedades resistentes al transporte de largas distancias, que tengan un aspecto óptimo..., dejando de lado otros criterios no mercantiles. El empobrecimiento del campesinado es otra de las consecuencias del actual sistema agroindustrial. Se apuesta por un modelo agrario que prescinde del saber campesino, subvenciona la agroindustria y donde la agricultura familiar y a pequeña escala no tiene cabida.

Un sistema en que los alimentos viajan una media de cinco mil kilómetros antes de llegar a nuestro plato. Se prima, por un lado, la producción en países del Sur, explotando su mano obra y aprovechándose de unas legislaciones medioambientales muy laxas, para luego vender el producto aquí. Y, por el otro, multinacionales subvencionadas con dinero público producen en Europa y Estados Unidos muy por encima de la demanda local y venden su excedente por debajo de su precio de coste en la otra punta del planeta, haciendo la competencia desleal a los productores del Sur. Los campesinos del mundo son los que más salen  perdiendo con un modelo de agricultura globalizada al servicio de los intereses del capital.

Conclusión: actualmente contamos con un modelo de agricultura irracional, que genera hambre, pobreza, desigualdad, impacto medioambiental... y que sólo se justifica porqué da cuantiosos beneficios a las multinacionales que monopolizan el sector. No hay democracia en el sistema agroalimentario. Y por eso es necesario reivindicar esa “democracia real” también en el actual modelo de producción, distribución y consumo de alimentos.

Si algo ha caracterizado al movimiento del 15M es el empezar a construir aquí y ahora ese “otro mundo posible” que reivindicamos. Planteando que son viables otros modelos económicos, sociales, de consumo, energéticos, de cuidados... De la ocupación de plazas se ha pasado a la ocupación de tierras para cultivar huertos urbanos, se han creado redes de intercambio, se han organizado grupos de consumo agroecológico. Generalicemos estas prácticas. Y exijamos: soberanía alimentaria. Volver a decidir sobre aquello que comemos, que los campesinos tengan acceso a los recursos naturales, que no se especule con la comida, que se promueva una agricultura, local, campesina y de calidad. Ocupemos el sistema agroalimentario. Sólo así podremos garantizar que alimentarnos sea un derecho para todos y no un privilegio para unos pocos.


*Artículo publicado en la revista Números rojos, nº5.

Bárcenas, Sanchís y la agricultura del siglo XXI



Por Vicent Boix*


Con los recientes escándalos que apuntan al ex tesorero del PP, Luís Bárcenas, se ha podido saber que este es socio de una empresa agrícola situada en Argentina llamada La Moraleja SA. Ángel Sanchís, ex diputado, también ex tesorero del mismo partido y amigo de Bárcenas, es el presidente de esta compañía, que posee 30.000 hectáreas en las que se siembran limones, trigo, maíz, hortalizas, etc.

Este artículo no pretende analizar ni ofrecer datos nuevos sobre la variante más escandalosa de todo este asunto: los créditos otorgados por el gobierno de Aznar a una empresa de coleguitas de partido situada a miles de km. de la península. Más bien se pretende confrontar los dos modelos agrícolas predominantes, que además resultan ser incompatibles el uno con el otro.

Modelo agrícola local y social: en vías de extinción.

Es el que practican millones de agricultores en el mundo. El que repartía la riqueza y mantenía vivo el tejido rural. El compuesto por pequeños y medianos minifundios que generan trabajo y alimentos para el consumo local, nacional y también internacional. Es el modelo que sucumbe ante las políticas neoliberales apadrinadas en los últimos lustros por el PP y el PSOE, que en el estado español han y están expulsando a cientos de miles de agricultores. Es el que podría y debería potenciarse en tiempos de crisis como una posible salida laboral.

En el estado español, este modelo está en decadencia ante la manifiesta falta de rentabilidad originada por los bajos precios de compra que imponen los intermediarios, la distribución y los supermercados. Todas las organizaciones agrícolas y ganaderas sin excepción, han coincidido en señalar este hecho como el principal causante de la sangría en el campo español. Ante ello llevan años solicitando la intervención del estado para que se establezcan precios mínimos de compra. El problema es que en esta democracia no manda la gente, sino el Dios mercado.

Modelo “agrodarwinista”, global y corporativo: en clara expansión.

Con él ya no es importante generar trabajo y comida, sino obtener beneficios y ser competitivo aunque se genere hambre y abandono de tierras en millones de personas. Con este modelo, unos eslabones de la cadena agroalimentaria están dominados por unas pocas transnacionales que venden semillas o agroquímicos. Otro está infestado de especuladores e inversores, cuyas acciones financieras han originado el incremento de los precios de los alimentos en los mercados de futuros. Y uno más está controlado por intermediarios y distribuidores que comercializan y venden la producción agraria.

El único eslabón que permanecía exento de los depredadores era precisamente la tierra. Pero desde hace unos años se ha constatado un fenómeno denominado acaparamiento de tierras, en el que inversores, transnacionales y empresas privadas y públicas están adquiriendo millones de hectáreas especialmente en África aunque también en América Latina (Argentina, Brasil, etc.). Además también se apropian de otros recursos como el agua, para que sus explotaciones industriales estén bien irrigadas aunque luego los campesinos no puedan regar las suyas.

No deja de ser paradójico que mientras millones de agricultores europeos abandonan la tierra, algunos inversores deslocalizan la producción agraria hacia países empobrecidos cuyos campesinos y habitantes son expulsados de sus tierras para que ellos puedan emprender sus proyectos agrícolas. Lógicamente no pretenden combatir un hambre que ayudan a generar, sino que siembran alimentos y sobre todo agrocombustibles que luego se exportarán a Europa, China, USA o los países árabes.

Los más atrevidos argumentarán sobre este modelo, que la vida es así y que solo los más aptos están condenados a sobrevivir y triunfar, como dijo en su día el graduado en teología Charles Darwin. Y de los menos aptos, ya se encargarán la FAO, las ONG’s caritativas y los religiosos que rezarán para que los pobres ganen en el cielo las parcelas que les son usurpadas en la tierra.

Acuerdos comerciales y corredores.

El PP y el PSOE han defendido y apoyado el Acuerdo Bilateral entre la UE y Marruecos para liberalizar el comercio de productos agrícolas y pesqueros. A grandes rasgos y sin entrar en detalles, el acuerdo consiste fundamentalmente en la liberalización del comercio mediante el desmantelamiento arancelario, para que los productos agroalimentarios puedan fluir con más facilidad entre las dos regiones.

La embajada española en Marruecos ha alentado la inversión agrícola española en el país africano. Mientras, todas las organizaciones agrarias españolas que representan a cientos de miles de agricultores, se han posicionado en contra de este acuerdo porque permitirá la entrada de unos productos más baratos cultivados en una región con unas políticas fiscales, laborales y ambientales más laxas, y por tanto, con un precio de coste más bajo que los sembrados en el estado español. Que nadie piense que los pequeños agricultores marroquíes se beneficiarán, pues en algunos casos también han sido expulsados de sus tierras y en cualquier caso este pastel agroexportador está horneado para inversores extranjeros y terratenientes locales.

Con las tierras acaparadas y las barreras comerciales derribadas, solo queda por resolver el apartado logístico, y para ello, las autoridades analizan dos posibles corredores (el “central” y el “mediterráneo”). Existe un debate para ver cuál de los dos es el más conveniente, pero en ambos casos el punto de partida es el puerto de Algeciras, situado a escasos kilómetros de África. A pesar de las benevolencias que se han dicho sobre estos corredores, no hay duda de que esta infraestructura que pagaremos entre todos permitirá el transporte y el comercio de productos agrícolas africanos, que dejará sin trabajo y futuro a los campesinos de aquí y a los de allá.

Cuestiones morales.

No se conoce una plaga más dañina para el campo español que la política agraria emprendida por el PP y el PSOE. Ambas formaciones han tomado decisiones estructurales que lo han masacrado y destrozado, mientras han ignorado y desoído la voz del agricultor -y votante- representada por las organizaciones agrarias.

Claro, ahora este agricultor que se quema la piel bajo el sol, que tiene las manos cubiertas de callos, que paga impuestos en su nación, que genera puestos de trabajo en su ciudad y que desde hace años el llegar a final de mes le supone un auténtico malabarismo, observa cómo se lucran de la deslocalización de la producción agraria los altos ex cargos públicos Luís Bárcenas y Ángel Sanchís, fomentando a la vez en América Latina un modelo agroexportador que ha causado estragos.

Si le parece extraño que la clase política no controle los precios de compra que le arruinan, si le acongoja la futura invasión de cultivos africanos en manos de inversores, ahora ¿qué esperanza le queda tras ver que algunas ex figuras políticas se benefician de un modelo que a él lo exprime y lo deja sin futuro? Pero ¿a quién narices le quedan ganas de ser emprendedor con semejante marabunta hispánica?


*-Investigador asociado de la Cátedra “Tierra Ciudadana - Fondation Charles Léopold Mayer”, de la Universitat Politècnica de València. Autor de los libros El parque de las hamacas y Piratas y pateras. Artículo de la serie “Crisis agroalimentaria”-


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El Diario de Alvaeno

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