Por
Eduardo Pérsico*.
Alfredo
Palacios, político argentino. 1934.
Pero viñetas aparte, si los banqueros
insisten en cobrar los créditos no hay esquive posible ante el rigor político
de
El liberalismo económico con sus pergeños financieros incluidos imposibilita
la incorporación de las grandes mayorías en su proyecto, veamos que al comenzar
la que hoy nos parece hasta previsible ‘la no recuperación de los dineros
prestados’, tanto en España con sus hipotecas incobrables o en Argentina hace
diez años con el ‘corralito’ bancario, ese fin de fiesta extemporáneo lo
pagaron en su mayoría los inversores de la clase media y hacia más arriba se
detuvo la rueda. Por matemática pura, eso que según nos enseñaron en el cole
primario casi nunca se equivoca, con estos ardides delincuenciales del
capitalismo financiero esa certeza acaba siendo incierta. Acaso porque curiosamente
los promotores de semejantes engendros también aplauden el Consenso de
Washington, esa manual desprolijo que
desde los años ochenta establece como salida de las crisis en cada país la
reducción de las administraciones públicas, la venta imprescindible de las empresas
nacionales sean o no deficitarias,- en Argentina sobran ejemplos- y profundizar
más y más los ajustes hasta que la recuperación de las acreencias de los bancos se haya cumplido. Un sencillo libreto
de aprietes presupuestarios siempre incluyendo sin falta a lo más bajo de la
escala social, a quienes si pueden también le arrasan sus garantías jurídicas y
las lógicas expectativas como miembro de una sociedad en estado de derecho. Y
hace muy bien el gobierno de los españoles en reconocer de antemano que esos trebejos
no son fáciles de conjurar y más aún en una Europa sin grandes recursos
petroleros, hoy imprescindibles en plena civilización del automóvil. Es muy
posible que crecerán sobre los gobiernos la demanda de los sectores empresarios
y socialmente más elevados que no perdonarán, esto es sabido, las dificultades
que tendrá cada Estado en lograr créditos blandos a futuro. Y aunque cada
crisis por más que hubiera sido previsible en un área tan desarrollada
culturalmente como en el centro europeo, no será insuperable ni mucho menos. Y
más aún, acaso hasta les resulte instructiva. (feb.2012)
*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
www.eduardopersico.blogspot.com
Letras tu revista literaria
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miércoles, 15 de febrero de 2012
miércoles, 11 de enero de 2012
El enemigo único
Por gentileza de Andrés Mencías
Leyendo los 11 principios de propaganda de Goebbels se comprende mejor la actualidad y se aprende todo de periodismo y redes. Estos 11 principios son un poema que los niños tendrían que recitar de memoria, es una lista mucho más reveladora que la tabla periódica o los reyes godos. Estos son, dichos de corrido:
Leyendo los 11 principios de propaganda de Goebbels se comprende mejor la actualidad y se aprende todo de periodismo y redes. Estos 11 principios son un poema que los niños tendrían que recitar de memoria, es una lista mucho más reveladora que la tabla periódica o los reyes godos. Estos son, dichos de corrido:
- Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
- Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
- Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. «Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan».
- Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
- Principio de la vulgarización. Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.
- Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. De aquí viene también la famosa frase: «Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad».
- Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
- Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
- Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
- Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
- Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que piensa «como todo el mundo», creando una falsa impresión de unanimidad.
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